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Violencia Vicaria: Cuando el dolor ajeno se usa como arma, ¿la ley trata a el Hombre y a la mujer por igual?

  • hace 1 hora
  • 3 Min. de lectura
Abogado Damián Hernández
Abogado Damián Hernández

Chihuahua. -Hay temas que antes parecían lejanos, hasta que uno empieza a escuchar historias reales. Como abogado y también como alguien que convivió con jóvenes en las aulas, he aprendido que muchas violencias no dejan golpes visibles… pero sí heridas profundas.


La violencia vicaria es una de ellas.


Y aunque el término suene complicado, en realidad habla de algo muy cruel: utilizar a los hijos, la familia o los sentimientos de una persona para destruirla emocionalmente.


Vivimos en una sociedad donde muchas veces se normaliza el “hacer sufrir” después de una separación. Hay quienes creen que lastimar emocionalmente es parte de “ganar” una discusión, una custodia o una ruptura. Y no. Cuando los hijos se convierten en herramientas de venganza, todos pierden.


He visto jóvenes crecer entre pleitos que no les pertenecen. Escuchar frases como “tu mamá es esto” o “tu papá no sirve” termina marcando generaciones enteras. A veces creemos que los niños no entienden, pero son quienes más absorben el dolor de los adultos.


La violencia vicaria no distingue clases sociales, edades ni profesiones. Puede existir detrás de una publicación en redes, de una llamada ignorada, de una manipulación silenciosa o de impedir convivencias por simple coraje.


Y lo más preocupante es que muchas veces se disfraza de “amor por los hijos”, cuando en realidad es odio hacia la otra persona.


Como generación joven, también nos toca romper con esas conductas. Entender que separarse no debería convertir a nadie en enemigo. Que madurez no es subir indirectas, manipular emociones o usar a terceros para castigar.


Porque al final, los hijos no deberían cargar guerras que nunca fueron suyas.


Hablar de violencia vicaria no es estar “a favor” de hombres o mujeres. Es estar a favor de la salud emocional de las familias y, sobre todo, de los niños que merecen crecer lejos del rencor de los adultos.


A veces creemos que la violencia solo existe cuando deja moretones. Pero también existe la que se queda en silencio… y dura toda la vida.


A mis 26 años me ha tocado ver algo curioso: la gente habla mucho de justicia, pero muy poco de salud emocional. Y eso también debería importarnos.


Como abogado y ex maestro, entendí que muchos problemas de nuestra sociedad empiezan desde casa. No en los tribunales, no en la política, no en las redes. Desde casa.


Hoy se habla cada vez más de la violencia vicaria, un término que quizá antes pocos conocían, pero que lamentablemente siempre ha existido. Es cuando una persona utiliza a los hijos, los sentimientos o incluso el cariño familiar para dañar emocionalmente a alguien más.


Y sí, sucede más de lo que creemos.


A veces pensamos que la violencia solamente son golpes o gritos. Pero también hay violencia en quien manipula a un hijo para odiar a su mamá o a su papá. En quien usa convivencias como castigo. En quien convierte a los niños en mensajeros de problemas de adultos.


Lo más triste es que muchos menores terminan creciendo entre resentimientos ajenos. Aprenden a desconfiar, a vivir en medio del conflicto y a normalizar ambientes que nunca debieron tocarles.


Y como sociedad seguimos fallando cuando creemos que una separación debe convertirse en guerra.


Ni el orgullo, ni el coraje, ni una ruptura justifican destruir emocionalmente a otra persona usando a los hijos de por medio. Porque ahí ya no hablamos de diferencias de pareja; hablamos de daños que pueden durar años.


Creo que nuestra generación tiene una responsabilidad importante: aprender a cerrar ciclos con madurez. Entender que una relación puede terminar sin convertir la vida de los hijos en un campo de batalla.


Porque un niño merece crecer con tranquilidad, no con el peso de los problemas emocionales de los adultos.


La violencia vicaria no siempre hace ruido. A veces ocurre en silencio, detrás de puertas cerradas, mensajes manipulados o ausencias provocadas. Pero sus consecuencias sí hacen eco durante mucho tiempo.


Y quizá el primer paso para combatirla sea dejar de normalizar el daño emocional como si fuera parte natural del “amor” o de una separación.



DAMIÁN HERNÁNDEZ



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